De fanático a los video juegos a sospechoso de asesinato

Nianthony Martínez, quien es pequeño, con espejuelos y perpetuamente vestido de negro, pasaba sus días inmerso en video juegos.
El Nuevo Herald | Enero 13 de 2014
dovalle@MiamiHerald.com
David Ovalle The Miami Herald

Nianthony Martínez, quien es pequeño, con espejuelos y perpetuamente vestido de negro, pasaba sus días inmerso en video juegos.

Angel Gámez, un ex miembro de una fraternidad en la Universidad Internacional de la Florida, trabajaba como representante de servicios al cliente en una compañía de electricidad.

Ambos, que se conocieron en un programa de entrenamiento militar en la escuela secundaria, se hicieron colegas de la manera menos proable, al forjar su relación sobre juegos de cartas con el tema de los ninja y el juego de roles en internet llamados World of Warcraft. Era una amistad, dijeron los fiscales, que pudo atraparlos a ambos en un complot para matar a una joven que se había convertido en la amante de la ex novia de Martínez.

La semana pasada, un juez de Miami-Dade designó el 10 de marzo como la fecha del juicio de Martínez, de 26 años, quien podría ser sentenciado a cadena perpetua por dos cargos de intento de asesinato, conspiración para cometer asesinato, más un cargo relacionado con armas de fuego. Los fiscales tienen una poderosa prueba: una escalofriante confesión de audio de Martínez.

Gámez, de 28 años, ya se declaró culpable y también estuvo de acuerdo en testificar en contra de su ex amigo. El servirá 15 años de prisión, más 15 años de libertad condicional.

Su abogado, Simon Steckel, dijo que Gámez piensa demostrar su “completo arrepentimiento” por el “triste y trágico” acontecimiento.

“Es difícil creer que estos jóvenes pasaran de ser dragones y duendes de internet, al trágico tiroteo de estas pobres muchachas”, dijo Steckel.

Fue principalmente la suerte lo que impidió que ambos enfrentaran cargos de asesinato.

En mayo del 2008, después de semanas de planeamiento y noches de vigilancia, Gámez —con Martínez en el asiento del pasajero— siguieron un auto.
Dentro de ese auto se encontraban: la ex novia de Martínez, Marián Zorrilla, de 23 años, y la mujer que él culpaba por llevársela, Oneida Cano, de 25 años.

Vestido con una camiseta con capucha y guantes de látex, Martínez hizo nueve disparos con una pistola Glock de 9 mm. Cinco de ellos alcanzaron a Cano en el asiento del chofer, haciendo blanco en su estómago y piernas. Zorrilla, quien se encontraba en el asiento del pasajero, sufrió una herida en el rostro —la bala pasó a través de sus mejillas sin tocarle un diente.

Milagrosamente, ambas sobrevivieron. Mientras ambos hombres huían, Martínez miró hacia atrás y vio cambiar de dirección al auto de Cano, pero siguió manejando, según dijo posteriormente a los detectives de la policía de Miami-Dade.

Martínez recordó haber dicho en aquel momento: “Pude haberle no dado por completo... Voy a ir a la cárcel el resto de mi vida por no haberle dado a una persona”.

Martínez no negó haber hecho los disparos. En su lugar, su abogado dijo que alegará ante los jurados que sufre de demencia.

“El tiene importantes problemas mentales que afectan su capacidad para apreciar lo incorrecto de su conducta”, dijo su abogado defensor, Richard Della Ferra.

El plan para asesinar a Cano y Zorrilla se encuentra detallado en las confesiones de los acusados a los detectives de la policía de Miami-Dade, quienes no los habían hecho públicos anteriormente.

Los posibles asesinos y sus seleccionadas víctimas se conocían todos desde hacía años. Martínez, Gámez y las dos muchachas asistieron a la Escuela Secundaria Coral Park, donde todos formaron parte de los Cuerpos de Entrenamiento de Agentes de la Reserva

Gámez asistió posteriormente a la Universidad Internacional de la Florida, donde se unió a la fraternidad Sigma Alpha Mu y obtuvo allí el sobrenombre de “Calamar”. También trabajó con la compañía de electricidad de la Florida.

Mientras tanto, Martínez vivía como casi un recluso en un apartamento con sus padres en West Miami-Dade. Sus padres dijeron el viernes en la corte que él aspiraba a una carrera militar o ser miembro de una agencia policial. Pero asistía al Miami Dade College, no trabajaba y pasaba sus días con los video juegos.

“Era tranquilo, se quedaba en casa. Casi nunca salía”, dijo su padre, Antonio Martínez, después de la breve audiencia la semana pasada.

Ambos hombres se mantuvieron conectados a través de juegos de fantasía. Uno de ellos era World of Warcraft, un popular sitio de videos en internet donde los jugadores crean avatares y se unen en una “Alianza” u “Horda” para luchar contra monstruos variados o realizar misiones heroicas.

El otro era un juego de cartas coleccionables basado en la serie de libros de caricaturas japonesas Naruto, sobre un joven héroe ninja que luchaba por reconocimiento en su pueblo.

Pero era su volátil relación con Zorrilla la que dominaba la verdadera vida de Martínez. Ellos salieron por dos años y medio durante su tiempo en la Escuela Secundaria. Sus parientes dijeron a la policía que las relaciones de Martínez con Zorrilla eran “abusivas y violentas”.

Zorrilla y Martínez rompieron unas cinco veces durante el curso de sus relaciones, la última vez en el 2007. “Ella vino a mi casa y quería que le diera un sistema de video juegos y no se lo di, y más nunca me habló”, dijo Martínez a los investigadores de la policía.

Después de la separación, Martínez estaba furioso, y se obsesionó con Cano. En un momento, la siguió desde su casa a su trabajo en un Outback Steakhouse en el Doral.

“Ella siempre trataba de llevarse a Marián”, dijo posteriormente Martínez a la policía.

Martínez dijo a los detectives que inicialmente se acercó a un ex compañero de clases, que hizo averiguaciones con dos hombres de la calle sobre un posible ataque contra Cano. Ambos se ofrecieron a matarla por $12,000.

En su lugar, Martínez dijo a la policía que él decidió matar él mismo a Cano, al confiarle a Gámez que deseaba “balear a alguien”, y le dio $600 para comprar una pistola, una Glock de 9 mm. Gámez compró la pistola en una tienda de armas en West Miami-Dade.

A principios de mayo del 2008, Martínez reveló la identidad de su objetivo. Gámez estuvo de acuerdo en ayudar, pero no sin cierta inquietud.

Gámez le dijo a la policía que le urgió a Martínez que hiciera más ‘preparativos” y tratara de demorar el complot, pero en la noche del 8 de mayo, los hombres manejaron hasta el Outback donde trabajaba Cano. Su auto estaba en el estacionamiento.

Ellos esperaron en el auto de Gámez, jugando cartas, hasta que vieron salir a Cano. Ellos la siguieron hasta que recogió a Zorrilla en su casa, y entonces manejaron hasta el Ale House en el Doral.

Para matar el tiempo, Gámez y Martínez fueron a un Flanigan’s Seafood Bar & Grill cercano.

“Estaba tratando de alejarlo de todo esto”, dijo Gámez. “El no bebe, así que compré las alitas y me bebí una cerveza”.

Entonces, ellos regresaron a la casa de Martínez para sacar la pistola del Nissan Maxima de Gámez, que estaba estacionado afuera. Ellos entraron en el Honda Civic de la madre de Martínez. Había llegado el momento, dijo Martínez.

“El decía cómo Oneida había estado echando a perder su vida, toda su vida, desde la escuela intermedia”, recordó Gámez.

Con Gámez al timón, ellos regresaron a la Ale House, siguiendo a las muchachas cuando ellas se iban. Ellos las alcanzaron en la cuadra de los 10000 del Ninth Street Circle del Northwest.

Gámez aceleró. Martínez dijo a la policía que se puso los guantes de látex y se cubrió su cabeza con la capucha de su camiseta negra. Hizo exactamente nueve disparos hacia la ventana del chofer del auto de Cano.

“Sonó extremadamente alto”, recordó Gámez.

El auto de Cano cambió brevemente de dirección y bajó la velocidad, pero no se detuvo. Martínez pensó de inmediato que había fallado. “Usualmente
cuando le disparas a una persona —no es que lo hubiera hecho antes— pero hay sangre o algo que muestra que le diste, y no vi ninguna sangre en el parabrisas o en la ventana, y el auto seguía en marcha”.

Gámez se negó a dar la vuelta para terminar el trabajo. “Fue como: ‘No voy a detener este auto por nada en el mundo’ ”, dijo a los detectives.

Mientras las jóvenes eran llevadas a la Sala de Emergencia Ryder del Hospital Jackson Memorial, los parientes dijeron de inmediato a los detectives de Miami-Dade que sospechaban de Martínez debido a sus amenazas y acoso.

Cuando lo trajeron para un interrogatorio, Martínez se mostró inicialmente evasivo, pero pronto confesó.

Los detectives fueron de inmediato a la casa de Gámez. El también confesó. Y los detectives encontraron la Glock, los cartuchos y los guantes de látex dentro de su auto, donde él guardaba las pruebas.

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