FARC, gobierno colombiano inician negociaciones

Al observador desprevenido lucen como dos hombres de gafas, suaves maneras al hablar y pequeñas barrigas que delatan su edad.
AP | Noviembre 18 de 2012
No hubo un apretón de manos, ni siquiera un cruce de miradas entre los jefes negociadores cuando se reunieron el mes pasado en Oslo para inaugurar formalmente los diálogos que intentan poner fin a 50 años de conflicto armado en Colombia.

El lunes, el comandante de las FARC conocido como Iván Márquez, un ex seminarista, y el delegado gubernamental Humberto de la Calle, un curtido político y jurista, se verán las caras de nuevo en La Habana para la primera ronda de discusiones.

Al observador desprevenido lucen como dos hombres de gafas, suaves maneras al hablar y pequeñas barrigas que delatan su edad.

"Los que están sentados en esa mesa son enemigos. Están tratando de volverse amigos", dijo Horacio Serpa, ministro del Interior en 1994-1998, cuando De la Calle era vicepresidente.

Y si sus diferencias de pensamiento parecen monumentales, no son menores las de sus propias vidas, la de Márquez, quien pasó por el seminario en un poblado de Huila, en el centro del país, y lleva casi 30 años sin usar su verdadero nombre, Luciano Marín Arango, y De la Calle, el abogado que ha pasado por las altas cortes colombianas y ex político recordado principalmente por haber renunciado a la vicepresidencia en 1996 porque el jefe de Estado elegido dos años antes fue acusado de ganar su cargo con dinero del narcotráfico, cargo del que fue absuelto por el Congreso.

Las diferencias de posturas son un abismo que en ocasiones parece insalvable.

Márquez es el vocero de las rebeldes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que se opone a la explotación de los recursos naturales por parte de empresas privadas nacionales o extranjeras, que acusa al Estado de ser el principal causante de víctimas en el conflicto, entre otros puntos que han sido históricamente reclamos de la guerrilla.

De la Calle representa un gobierno que busca mayor inversión foránea y exige al grupo insurgente admitir y reconocer a sus víctimas, desde secuestrados hasta civiles muertos en ataques e incursiones.

Del intento de acercar tales posturas y que los dos pueden dialogar y alcanzar acuerdos aceptables para sus respectivos bandos depende en gran parte el éxito de las negociaciones y que finalmente Colombia deje de ser la única nación del hemisferio con un conflicto armado interno.

Márquez, una figura delgada, alta y piel color café de 57 años, nació en Florencia, capital del departamento de Caquetá, al sur colombiano y por años uno de los bastiones de las FARC. Nueve años antes, en 1946 en el poblado de Manzanares, Caldas, en el centro del país, había nacido De la Calle.

El futuro rebelde —cuyo alias proviene de un sindicalista asesinado en los años 80, según ex dirigentes del Partido Comunista que lo conocieron en su juventud— estudió durante dos años en un seminario, en una vocación cuyo origen no está claro. El futuro vicepresidente colombiano, de estatura mediada, de tez blanca y una pequeña barriga, obtuvo en 1969 su doctorado en derecho de la Universidad de Caldas.

Y mientras Márquez dejaba sus estudios en el seminario, ingresaba en Bogotá a estudiar filosofía, carrera que tampoco concluyó y fue por otros dos años profesor de biología en un liceo en Florencia para más tarde unirse en 1977 a las Juventudes Comunistas (Juco), De la Calle ya era en 1978 decano de la Facultad de Derecho de su alma mater hasta que en 1982 se convirtió por designación del entonces mandatario Belisario Betancur en Registrador Nacional o el jefe del cuerpo electoral colombiano.

Es entonces cuando aunque sin conocerse, sus vidas comienzan a tocarse: como jefe del organismo electoral De la Calle, casado y con tres hijos, estuvo al frente de los comicios legislativos de 1986, en los cuales por primera vez participaron partidos aparte de los tradicionales, el Liberal y el Conservador. Entre los nuevos partidos estaba la Unión Patriótica, una fuerza surgida de acuerdos de paz en 1984 entre el gobierno de Betancur y las FARC.

Márquez, quien desde 1977 era militante de la Juco, entonces accedió a una banca en la Cámara de Representantes como suplente del dirigente de la UP Henry Millán, quien fue asesinado a tiros en Florencia en diciembre de 1992, dijo Carlos Lozano, director del semanario Voz, del Partido Comunista de Colombia.

Eran tiempos peligrosos para militar en la UP: para inicios de los 90 al menos 3.000 militantes habían muerto a manos de los paramilitares, el narco o los agentes del estado, y Márquez decidió irse "al monte" o las unidades armadas de la guerrilla, como otros muchos militantes del abortado partido para salvar la vida.

Ya no sería Luciano Marín sino "Iván Márquez", recordó Carlos Romero, quien fue presidente de la UP en 1989 y antes secretario general de la Juco en los años 70, cuando conoció no sólo a Márquez, sino también a Guillermo León Sáenz, alias Alfonso Cano, quien años más tarde sería el máximo líder de FARC y quien cayó abatido en noviembre del 2011 en una operación de la fuerza pública.

Romero, tanto como Lozano, recuerdan más a Cano, quien ya desde entonces despuntaba como un ideólogo rebelde y gran fumador. Márquez, dijeron, era más callado y se dedicaba principalmente a organizar reuniones y documentos. Desde que se conoció su designación como negociador, las autoridades colombianas suspendieron las 132 órdenes de captura vigentes en su contra. Estados Unidos ofrece una recompensa de hasta 5 millones de dólares por su captura.

Poco se sabe de la vida privada de Márquez, aparte de que tiene ocho hermanos, estuvo casado antes de ingresar a la clandestinidad y tuvo tres hijos.

Entretanto, De la Calle tras salir de la Registraduría, fue designado magistrado de la Corte Suprema de Justicia hasta 1987, cuando renunció al máximo tribunal para dedicarse a la política por el liberalismo, primero como ministro y luego como precandidato presidencial. Ernesto Samper lo venció en esa interna y ganó la presidencia en 1994.

De la Calle aceptó ser la fórmula vicepresidencial de Samper y luego, en medio del escándalo de los dineros del narco como ingrediente clave para la victoria, pidió la renuncia del presidente y más tarde renunció a la vicepresidencia.

Esa imagen pública de político y jurista esconde otra más privada, la de un hombre "enamorado de la literatura, un enamorado de la poesía... amante de la buena música, tanto clásica como colombiana", dijo el político liberal Carlos Holmes Trujillo, ex ministro de Educación en los 90 y amigo desde hace más de 25 años del jefe negociador oficial.

De la Calle nunca fue acusado formalmente de participación en aquel escándalo del narco financiamiento y que llevó a Colombia a una de sus peores crisis institucionales, mientras paramilitares y guerrilla se enseñoreaban en actos de violencia por todo el país con masacres, ataques a puestos militares y secuestros.

Uno de los escenarios de esa cruel lucha fue el Urabá, al noroeste colombiano, donde las unidades de las FARC fueron desalojadas a sangre y fuego por los paramilitares.

Márquez estaba por aquella zona del Urabá donde las FARC ya no eran la fuerza dominante y de allí que su fama sea más la de un ideólogo que la de un combatiente y fuera designado para un nuevo intento de diálogos de paz que arrancó en Caracas a inicios de 1991.

Un año antes y debido a la muerte de Jacobo Arenas, uno de los comandantes históricos de las FARC, Márquez ingresó al "secretariado" de la organización.

Y en la capital venezolana De la Calle y Márquez se verían frente a frente por primera vez.

Ambos vestían trajes oscuros, con corbata, quizá lucían menos tensos y con más sonrisas que cuando se vieron en Oslo en octubre pasado, según imágenes de aquel acto de inauguración de las negociaciones en la capital venezolana.

Eran tiempos diferentes, era una guerrilla de menor tamaño, calculados entonces en unos 3.000 a 5.000 integrantes, aunque algunas fuentes han dicho que tenían al menos 20.000 entre armados y milicianos; mientras el gobierno era acosado por la violencia de la guerra de barones de la droga como Pablo Escobar, del cartel de Medellín, y quien cayó baleado en diciembre de 1993.

Cano y Márquez, entonces negociadores, "miden las palabras en público, en privado, no cometen ninguna imprudencia", recordó Héctor Riveros, quien fue uno de los negociadores del gobierno colombiano en Caracas en 1991, al ser consultado sobre si esa actitud formal de los rebeldes era la misma una vez que estaban en un receso, por ejemplo.

De la Calle era entonces el ministro de Gobierno en la administración de César Gaviria (1991-1994) y por primera vez en los cuatro intentos de negociaciones de paz fue la insurgencia la que pidió e hizo el contacto para llegar a una mesa, recordó Lozano.

De la Calle solo asistió al acto de inauguración en Caracas y retornó a Bogotá dejando a los negociadores al frente del proceso, dijo el ex ministro y ex negociador Serpa.

Las condiciones en Venezuela, que poco después de instalados los diálogos de paz comenzó a vivir su propia crisis interna y que desembocarían en febrero de 1992 en un intento de golpe de estado liderado por el ahora presidente Hugo Chávez, llevaron a la suspensión de los diálogos de paz entre el gobierno y la guerrilla colombiana y que se trasladarían a Tlaxcala, en México, recordó Riveros.

Márquez y De la Calle, ya no se volverían a ver.

"Se pasó el tiempo y esa oportunidad política se perdió, no había pista de aterrizaje (o campo de maniobra). Y Gaviria que tenía 70% (de popularidad) en Caracas, en México (estaba en) 18%. Se había ido la luz, por una parte, (en el país debido a una intensa sequía) y por otra, se había escapado Pablo Escobar de (la cárcel de ) La Catedral y eso le costó al gobierno (popularidad) y ya la guerrilla no tenía interés en negociar con un gobierno sin apoyo social", destacó Riveros.

Los diálogos fueron suspendidos también México y "llevan 20 años suspendidos", ironizó Serpa.

Pasaría una década para que las partes volvieran a la mesa, en enero de 1999, siendo presidente el conservador Andrés Pastrana.

Los diálogos en los tiempos de Pastrana fueron rotos en el 2002 y de nuevo debería transcurrir casi una década para que las partes volvieran aproximarse.

Por su falta de ambiciones presidenciales, De la Calle aparece como una buena elección para encabezar el equipo de negociadores de Santos, aunque no participó en las conversaciones secretas previas, dijo Riveros.

El papel de principal negociador de las FARC le cayó a Márquez prácticamente por defecto. Los rebeldes han perdido sus cuatro comandantes de mayor jerarquía desde 2008. Tres miembros del Secretariado murieron en ataques militares, y el fundador Manuel Marulanda murió aparentemente de un ataque cardíaco en la selva.

Sólo se verían las caras de nuevo en la localidad noruega de Hurdal, el pasado 18 de octubre al oficializar sus negociaciones; ambos más canosos, más expertos, con el peso de negociaciones pasadas a la espalda.

Y como negociadores hicieron lo que debían hacer, dijo León Valencia, ex rebelde y actual director de la Corporación Nuevo Arco Iris, dedicada al estudio del conflicto interno: mostrar el músculo de su respectivo bando.

Sus posiciones llegaron en Noruega al punto que dejaron la impresión por sus discursos y declaraciones a la prensa de no entenderse ni siquiera en los más básicos acuerdos, como el de cuánto tiempo debía hablar cada uno ante la prensa.

La próxima cita de Márquez y de la Calle será el 19 de noviembre en La Habana.

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El corresponsal de Associated Press César García, en Bogotá y Frank Bajak en Lima, contribuyeron a esta información.
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