Defienden su actitud ante la dictadura
AP | Marzo 15 de 2013
Algunos le censuran que no le haya hecho frente al régimen de José Rafael Videla
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Rara vez se habla de Jorge Mario Bergoglio, ahora el papa Francisco, sin mencionar su humildad, su rechazo a hablar sobre sí mismo.
Sus admiradores hablan también de su abnegación, al explicar por qué él prácticamente nunca ha negado una de las acusaciones más escabrosas en su contra: que estuvo entre los líderes de la Iglesia que apoyaron activamente la dictadura asesina de Argentina.
Es indiscutible que Bergoglio, al igual que la mayoría de otros argentinos, no confrontó abiertamente a la junta militar que manejó el país de 1976 a 1983 mientras esta secuestraba y asesinaba a miles de personas en una “guerra sucia” para eliminar a adversarios de izquierda.
Pero el biógrafo autorizado del nuevo papa, Sergio Rubin, argumenta que esa fue una falla de la Iglesia católica en general y que es injusto identificar a Bergoglio con la culpa colectiva que aún agobia a muchos argentinos de su generación.
“En una cierta manera muchos argentinos terminaron siendo cómplices” en un tiempo en que cualquiera que hablara abiertamente podía convertirse en un objetivo, recordó Rubin en una entrevista con The Associated Press justo antes del cónclave papal.
Algunos activistas defensores de los derechos humanos concuerdan en que Bergoglio no merece ser agrupado con otras figuras eclesiásticas que estaban alineadas muy de cerca con la dictadura.
“Tal vez no tuvo el coraje de otros curas, pero nunca colaboró con la dictadura”, dijo ayer Adolfo Pérez Esquivel, quien ganó el premio Nobel de la Paz de 1980 por documentar las atrocidades de la junta. “Bergoglio no fue cómplice de la dictadura. No se lo puede acusar de eso”, agregó para Radio de la Red de Buenos Aires.
Otros activistas están molestos por las posturas que Bergoglio, de 76 años, ha adoptado en los últimos años, mientras Argentina realiza investigaciones para exponer a los responsables de asesinar a cerca de 30,000 personas, y para encontrar rastros de sus víctimas. Algunos lo acusan de estar más preocupado en preservar la imagen de la Iglesia que de proporcionar pruebas para los muchos juicios por violación de derechos humanos en Argentina.
“Hay una hipocresía que tiene que ver con toda la conducta de la Iglesia; y Bergoglio en particular”, dijo Estela de la Cuadra, cuya madre cofundó durante la dictadura el grupo activista Abuelas de la Plaza de Mayo para buscar a familiares desaparecidos. “Hay juicios de toda clase y Bergoglio se niega sistemáticamente a apoyarlos”, agregó.
Bergoglio invocó en dos ocasiones su derecho bajo la ley argentina de negarse a comparecer en una corte abierta en juicios que involucran tortura y homicidio dentro de la temida Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) y el robo de bebés de detenidos. Cuando al final sí testificó en 2010, sus respuestas fueron evasivas, dijo a The Associated Press la abogada por los derechos humanos Myriam Bregman.
Las propias declaraciones de Bergoglio demostraron que los funcionarios de la Iglesia sabían desde casi el principio que la junta estaba torturando y matando a sus ciudadanos aun cuando las autoridades eclesiásticas apoyaban públicamente a los dictadores, afirmó. “La dictadura no pudo haber operado de esta manera sin este apoyo crucial”, agregó.
Rubin, un escritor de asuntos religiosos del diario argentino Clarín, dijo que de hecho Bergoglio tomó riesgos mayores para salvar a los llamados “subversivos” durante la dictadura de 1976 a 1983, pero nunca habló públicamente al respecto antes de su biografía de 2010: El jesuita.
En el libro, Bergoglio explicó que no quería rebajarse al nivel de sus críticos, y luego compartió algunas de sus historias.