Centro comercial amenaza la identidad cultural de Lhasa

China quiere transformar un lugar de peregrinación espiritual en un centro turístico y de compras
EFE | Junio 23 de 2013
Un gran proyecto de comercialización del barrio más sagrado y tradicional de Lhasa, la capital tibetana, amenaza con dañar gravemente la identidad de una de las ciudades más singulares del mundo, un centro de peregrinación que China quiere transformar en lugar turístico y de compras.

Las obras afectan al barrio de Barkhor, cuyas estrechas calles son recorridas cada día, entre cánticos y rezos, por miles de tibetanos en peregrinación desde los lugares más remotos de la región al Monasterio de Johkang, el más sagrado del Tíbet.

El proyecto incluye la construcción del "Centro Comercial Barkhor" y un aparcamiento subterráneo de 1,000 plazas que pone en peligro el suelo de la zona, un delicado ecosistema por la gran altitud del lugar (3,490 metros sobre el nivel del mar).

Iniciadas las obras hace unos meses casi en secreto -la prensa extranjera tiene prohibido el acceso al Tíbet y los medios chinos no han hablado apenas de ellas-, ha sido una conocida escritora chino-tibetana, Tsering Woeser, residente en Pekín, quien ha alertado sobre ellas, tras un viaje a Lhasa para visitar a su madre.

"Por favor, detengan esta horrible modernización", señalaba Woeser en un artículo publicado recientemente en su cuaderno en internet (premiado el pasado año por Reporteros Sin Fronteras), poco antes de pedir a la UNESCO, que incluye Barkhor en su lista del Patrimonio Mundial, que tomara cartas en el asunto.

En una entrevista con EFE, la escritora denunciaba que las obras han forzado a todas las familias del tradicional barrio a irse "lejos, a las afueras", mientras los vendedores ambulantes del barrio, donde se venden desde muebles tradicionales a artículos religiosos, también han tenido que marcharse.

"A cada familia le dan entre $3,000 o $5,000 y si no se van en el periodo estipulado no les indemnizan, o les detienen", denuncia la escritora, quien ha emprendido una campaña bajo el lema "Salvemos Lhasa" que ha encontrado mucho apoyo, también entre chinos no tibetanos.

Woeser ha intentado animar a periodistas extranjeros a que viajen al Tíbet y vean cómo los andamios y las tiendas han destruido el espíritu de una ciudad histórica, pero lo ha pagado caro: el pasado día 19, la policía de Pekín la encerró en arresto domiciliario, situación que ya ha sufrido otras veces.

Ella misma tuvo complicaciones para viajar a Lhasa hace unos meses, pues tuvo que pasar muchos trámites policiales, como conseguir una carta que aseguraba que no tenía antecedentes policiales.

"La mayoría de la gente en Lhasa no está contenta con ese proyecto, y alguna gente mayor se ha trastornado con él", ha dicho a EFE la escritora, quien también ha cargado contra la UNESCO por no haber vigilado el mantenimiento de ese tesoro histórico.

"En 2007 la UNESCO ya dio un toque de atención por la situación del Palacio Potala (situado en otra zona de Lhasa), pero desde entonces no han vuelto a decir nada", declaró Woeser, quien dice no ser la única en lamentarse por el proyecto: "Más de 120 expertos han escrito al presidente Xi Jinping para quejarse".

Barkhor, con sus estrechas calles y sus grandes incensarios, era la zona más "tibetana" y mejor preservada de Lhasa, mientras otras áreas de la ciudad se han visto invadidas de edificios de aire moderno, incluyendo la plaza a los pies del Potala, el inmenso palacio de los Dalai Lama.

En uno de los extremos del barrio se encuentra el Monasterio Jokhang, donde son formados los monjes de la secta gelug ("los de sombreros amarillos"), encargados de elegir al Dalai Lama, líder espiritual del Tíbet.

El gobierno local, controlado por el régimen comunista, no se ha pronunciado sobre las obras hasta este fin de semana, cuando han aflorado rumores de que Pekín podría organizar un viaje para informadores extranjeros para mostrar el "nuevo Barkhor".

"Cuando el proyecto de renovación sea completado, los residentes del casco antiguo disfrutarán de una infraestructura mejorada, un medio ambiente exquisito y calles más espaciosas", señalaba el subdirector del proyecto, Tseten, citado por la agencia Xinhua.

Según el medio oficial, el proyecto tiene un coste de $244 millones y "es apoyado por el 91 % de los vendedores de la zona".

No es la primera ciudad "sagrada" que sufre los embates de la particular versión china de la globalización: hace unos años, un proyecto parecido causó una irreparable pérdida de patrimonio en Kashgar, la capital histórica de los uigures, otra minoría étnica con tensas relaciones con la mayoría china han.

"Lhasa no sólo existe para los turistas, allí vive gente real y es un lugar religioso. No puede convertirse en un Sanlitun (famosa zona de copas de Pekín)", concluía en su llamada de auxilio la escritora Woeser.

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