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Argentina, el sueño roto de la tierra prometida

El país más igualitario de Latinoamérica cumple 200 años con uno de cada tres habitantes en la pobreza
El Pais | Julio 11 de 2016

Argentina llega al 200 aniversario de independencia lejos de ser la tierra de oportunidades que sedujo a millones de inmigrantes europeos. Aunque se mantiene como una de las sociedades más igualitarias de América Latina, uno de cada tres habitantes del país vive bajo el umbral de la pobreza. Además, existe una gran brecha laboral entre los que tienen contrato y quienes trabajan en negro y la calidad de la sanidad y la educación públicas, que fueron modélicas en el continente, han ido en retroceso -en líneas generales- desde los años 70.

¿Cómo variaron las condiciones de vida de los argentinos a lo largo de los dos últimos siglos? En 1816, la independencia de España provocó una reorganización económica que tuvo un fuerte impacto geográfico y social. Al ver cerrado el grifo de ingresos procedente de las minas de plata del Alto Perú, el nuevo país se decantó por la exportación ganadera y su escasa población, que vivía mayoritariamente en el interior, se mudó a Buenos Aires y la zona litoral. Frente a la gran disparidad que caracterizaba en ese momento a ciudades como Córdoba, Salta y Tucumán, muchos de los recién llegados al litoral prosperaron con rapidez. "Había muchos pequeños y medianos productores y sus condiciones de vida eran bastante buenas comparadas a nivel internacional. Entre 1820 y 1840 sus salarios tenían mayor capacidad de compra que en Londres, no digamos que en España", señala Jorge Gelman, investigador del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. E. Ravignani. En 1821 se inauguró la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en esa misma época comenzó la primera campaña de vacunación, contra la viruela.

Es fácil entender que millones de habitantes del empobrecido sur de Europa se sintiesen atraídos por la tierra prometida y decidiesen migrar. Solo entre 1881 y 1914 llegaron a Argentina cerca de 4,2 millones de personas procedentes del viejo continente con la esperanza de progresar. La mayoría lo logró. Su desembarco abarató la mano de obra rural y provocó problemas urbanísticos como la precarización de las viviendas y el hacinamiento. En ese período, "la riqueza que ostentó la oligarquía era espectacular, pero las condiciones de vida de los sectores más pobres fueron cada vez peores", explica el historiador Daniel Santilli, quien ha investigado junto a Gelman la distribución de ingresos en Argentina durante el siglo XIX.

En esa época crecieron también las desigualdades territoriales. "Argentina se convirtió en un niño deforme, con una cabeza enorme -la provincia de Buenos Aires- y un cuerpo raquítico -el norte y el sur-, sometido a la política porteña y, a su vez, a los ferrocarriles y al comercio inglés", describe Norberto Galasso, uno de los historiadores más conocidos de Argentina, muy vinculado al peronismo.

La llegada de italianos, españoles, franceses, polacos y rusos, entre otros, convirtió Argentina en una gran torre de Babel, pero la escuela favoreció su integración y unificación, en especial desde 1884, cuando Argentina aprobó la ley de educación laica, gratuita y obligatoria. Del 71% de población analfabeta en Argentina en 1869, se pasó al 36% en 1916, cuando el país cumplía su primer siglo de independencia y era la quinta economía del mundo. Se crearon también muchas escuelas en el interior, pero la alfabetización fue más difícil. "Si el padre no está educado, si no hay empleo, ¿sus hijos van a ir a la escuela? En Buenos Aires sí que había gente muy culta, gente que recibía los últimos libros europeos. Había dos países, como ahora en cierto sentido lo hay", añade Galasso.

Paradójicamente, la década de 1930 marcó a la vez el distanciamiento de Argentina de las primeras economías mundiales y la mejora de las condiciones de vida de las clases populares por el auge de la industrialización y la necesidad de potenciar el mercado interno. "Para poder comprar, tienen que tener plata en el bolsillo", resume Santilli. Con la irrupción del peronismo, en 1945, mejoró la redistribución interna y las condiciones de trabajo, salud y educación para gran parte de la población. En estas últimas influyó mucho la democratización del acceso a la universidad pública en 1949, cuando pasó a ser gratuita: el número de matriculados se sixtuplicó en 20 años.

La mayoría de historiadores coincide en señalar que la gran decadencia argentina comenzó a partir de 1970. A la crisis mundial, en Argentina se le sumó la brutalidad de la última dictadura (1976-1983), que secuestró, torturó, mató e hizo desaparecer a decenas de miles de personas, además de provocar un fuerte ajuste económico y un gran retroceso de derechos sociales.

El país vivió después, con la democracia, hiperinflaciones y un decenio ultraliberal, y tocó fondo en la crisis del corralito de 2001, la más grave de su historia. La pobreza se disparó hasta el 60%, la desocupación al 25%. Los argentinos salieron en masa hacia España, Italia y otros países europeos, deshaciendo el camino realizado por sus antepasados.

Tras una década de crecimiento sostenido por el boom de la soja y amplias políticas sociales de inclusión, durante la gestión kirchnerista la pobreza cayó por debajo del 30%, pero no desapareció. "La pobreza estructural es un fenómeno de los últimos 30-40 años. Antes, hasta los 70, estar en una villa miseria no era una situación permanente, sino transitoria, ahora es incierto", afirma Gelman. Mauricio Macri llegó al Gobierno el pasado diciembre con la "pobreza cero" entre sus prioridades, pero sus primeros pasos, que han incluido un fuerte ajuste económico, han ido en dirección contraria: en los primeros meses, aumentó 1,4 millones el número de pobres.

"Todos los países tienen dilemas que atraviesan su historia. Argentina pudo resolver un dilema que le llevó mucho tiempo: que los gobernantes los elijamos en las urnas", destaca Julia Pomares, directora ejecutiva del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento. Entre los que siguen irresueltos, Pomares destaca la distribución de los recursos nacionales y provinciales y, en especial, el "no haber logrado a lo largo de la historia el objetivo de ser un país pujante en lo económico e inclusivo en lo social".

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