Menores describen sus azarosos viajes para cruzar la frontera

Niños y jóvenes narran todo lo que sufrieron durante el trayecto de su viaje a EEUU.
El Nuevo Herald | Junio 30 de 2014
Poco después de llegar a México desde Guatemala, Ana, de 17 años, se separó del grupo de hondureños con el que viajaba y terminó quedándose sola en una cabaña en la montaña, donde hombres desconocidos la violaron.

“Me amenazaron, y me dijeron que si hablaba o decía algo que me iban a matar”, dijo Ana el jueves en medio de las lágrimas durante una entrevista en una casa de la Pequeña Habana. “Y yo lo único que decía que no me hicieran nada y tuve que soportar todo eso. Pensé, en mi mente lo único que se me venía era que me iban a matar. Que iba a morir en ese momento”.

La historia de Ana es la más extraordinaria de una serie de relatos contados por menores de edad provenientes de Centroamérica, parte del éxodo sin precedentes de miles de niños que están cruzando la frontera con México sin sus padres.

Aunque los niños no acompañados han estado llegando a Estados Unidos por décadas, el número alcanzó niveles sin precedente después del 2011 —con la mayoría procedentes de Centroamérica, principalmente Honduras, El Salvador y Guatemala. El número de niños no acompañados pasó de un promedio anual de 6,800 entre los años fiscales 2004 y 2011 a más de 13,000 en el 2012 y más de 24,000 en el 2013, según un informe emitido en noviembre del 2013 por la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB). Unos 50,000 niños no acompañados han llegado desde el 1ro de octubre, según funcionarios estadounidenses.

Si bien cada niño puede tener sus propias razones para hacer el peligroso viaje, abogados de inmigración y activistas que representan a los menores dicen que la razón principal por la que están huyendo es la intensificación de la violencia de pandillas en sus países de origen, así como el abuso y la violencia domestica en sus propios hogares.

Karen, otra adolescente hondureña, dijo que la violencia física por parte de su padre y las amenazas de las pandillas fueron las razones que la impulsaron a abandonar su país. Dijo que trató de encontrar refugio en otras partes de Honduras, pero al final el único lugar seguro fue Estados Unidos. Las pandillas en Honduras y otros países centroamericanos se han generalizado, lo que plantea amenazas a la seguridad nacional, ya que se han convertido en organizaciones criminales eficientes similares a los cárteles de narcotraficantes en México.

Entrevistas en Miami la semana pasada con media docena de menores que cruzaron la frontera sin sus padres muestran un denominador común. Dicen que escapar de la violencia de las pandillas es un factor primordial en el éxodo. Algunos, como Andrea de El Salvador, también dijeron que trataban de reunirse a los padres que habían emigrado con anterioridad. Pero la propia Andrea también citó las amenazas de las pandillas como motivo de su viaje. Todos los menores entrevistados pidieron que sus apellidos no fueran publicados.

El desgarrador viaje de Ana comenzó en Honduras en febrero.

“Decidí venir por causa de amenazas”, dijo. “Me amenazaron las pandillas de Honduras y por causa de las pandillas mi hermano murió, falleció, de 17 años cuando lo mataron hace tres años, porque no quería sumarse a ellos”.

Ana recordó que a ella también la amenazaron directamente.

“Las pandillas me amenazaron y me dijeron de que si yo no estaba en el grupo de ellos me iban a matar”.

Ana era la más joven de un grupo de 12 hondureños, incluyendo adultos, que viajaron en autobuses y autos para llegar a la frontera con Estados Unidos.

Después de cruzar a México desde Guatemala, Ana sufrió la peor experiencia de su vida -- la violación por hombres que la secuestraron después de que ella y su grupo quedaron separados.

“En México fui violada”, dijo Ana, entre lagrimas. “Varios hombres de los cuales yo no tengo idea porque eso fue en la madrugada. Subimos una montaña caminando y corriendo y al llegar a una cabaña, que estaba como escondida entre la montaña, recuerdo que al llegar ahí estaba oscura y me agarraron varios tipos cuando mi grupo desapareció”.

Después de violarla, los agresores huyeron. A la salida del sol, el grupo de viajeros hondureños se re-encontró con Ana y el viaje se reanudó hacia la frontera estadounidense.

El grupo llegó al Río Bravo una mañana de febrero y cruzó al lado estadounidense en una balsa hecha de neumáticos.

“Cruzamos el río en una balsa con remos de día como a las 10 de la mañana”, recordó Ana. “Luego de cruzar caminamos como unos 10 minutos y luego en un calle agentes de la Patrulla Fronteriza nos detuvieron".

Llegó a Miami semanas después donde se reunió con su hermana mayor. Actualmente busca asilo, representada por el abogado de inmigración de Miami Wilfredo Allen.

También recibe asistencia del grupo Unidad Hondureña Independiente cuya directora es Alma Aguilera.

“Estamos buscando fondos para ayudar a este caso y otro caso que tenemos”, dijo Aguilera.

Karen, la otra adolescente hondureña entrevistada, está representada por Elizabeth Sánchez Kennedy, abogada de Catholic Legal Services en Miami.

En una entrevista en la oficina de Catholic Legal Services en el downtown, Karen relató su viaje.

También cruzó el Río Bravo en balsa una noche fria de luna llena, cuando tenía 17 años.

Viajó a pie, en autobús y camionetas a través de Guatemala y México para llegar a un punto cerca de Reynosa, México que se ubica frente a McAllen, Texas.

Karen dijo que huyó de Honduras debido a que su padre la maltrataba físicamente y porque las pandillas la amenazaron de muerte.

“Creo que miedo fue la razón por la que vine”, dijo. “No tenía donde ir. Era la única opción que tenía. Tenía miedo a muchas cosas, miedo al maltrato físico de mi papá, miedo sobre pandillas”.

Dijo que miembros de pandillas la vigilaban y hostigaban y que su miedo se basaba en el hecho de que los delincuentes habían asesinado a su prima y una tia.

“Es muy importante que la gente entienda que el caso de esta joven es un caso muy típico y que se lanzan a estos viajes muy arriesgados y peligrosos sólo como último recurso”, dijo Randolph McGrorty, director ejecutivo de Catholic Legal Services de la Arquidiócesis de Miami. “Ella realmente trató de buscar refugio en su país en muchas ocasiones diferentes. Ella no vino por tratar de conseguir un permiso de trabajo. Vino para salvar su vida”.

Mientras una gran cantidad de niños sin padres están llegando de Honduras, también hay un número significativo procedentes de El Salvador y Guatemala.

Andrea, que tenía 14 años cuando cruzó la frontera, viajó desde Sensuntepque, a unas 40 millas al noreste de la capital, San Salvador.

Dijo que huyó de El Salvador porque los pandilleros estaban presionándola a que se les uniera. La madre de Andrea, Sandra, dijo que alentó a su hija a venir a los Estados Unidos para que la familia pudiera estar unida.

Andrea, que ahora tiene 15 años, dijo que durante un mes de este año tuvo que soportar hambre, frío y caminatas interminables para finalmente cruzar la frontera.

“Tuve mucho miedo”, dijo Andrea. “Pensaba que nunca iba a llegar, que me iba a pasar algo mal”.

Después de estar detenida en un refugio cerca de la frontera con México, las autoridades de inmigración la pusieron en libertad y luego se reunió con su madre en el Aeropuerto Internacional de Miami.

Mientras tanto, muchos padres en el Sur de la Florida están todavía a la espera de la llegada de sus hijos que recientemente cruzaron la frontera.

El jueves, por ejemplo, Denia Vanessa Zelaya, hondureña de 31 años, acudió a la oficina de la Organización Hondureña Francisco Morazán en la Pequeña Habana en busca de ayuda para localizar a su hija de 16 años, Ana Vanessa Medina Zelaya, y su nieta de 3 años, Emily Yailín Medina Zelaya.

Denia dijo que recibió una llamada de un funcionario de inmigración recientemente diciéndole que tanto Ana Vanessa y Emily Yailín estaban en un centro de detención cerca de McAllen, Texas, pero que no ha sabido nada de ambas directamente y que no sabe cuándo podrían ser liberadas.
 
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