El singular caso de la renuncia de Benedicto XVI, con sobrada razón es el tema primordial de los medios de comunicación que de repente se encontraron con un hecho inusual de grandes proporciones. Algo así no se daba en 700 años, y por ello mismo ha suscitado una reacción sin precedentes en la que hay ciertamente excesos, especulaciones, consejas de buen y mal gusto, en un tema de escaso dominio general, dada las reservas de la Iglesia y el Pontificado. El torrente de reacciones periodísticas ha sobrepasado los límites según los voceros del Vaticano y si escuchamos, leemos y vemos a algunos periodistas dictar cátedra sobre todo lo humano y lo divino del actual proceso hay que coincidir en que pretenden ser más papistas que el Papa.
Y tejen situaciones que chocan con la fe y las creencias de la gente, que hay que respetar. En muchos casos se nota la maledicencia, la discrepancia ideológica, el irrespeto, el ánimo pendenciero e innegable de influir en las creencias de los católicos. En medio de la actitud reservada de la Iglesia, el clero se manifestó durante la misa dominical en los pulpitos rechazando tanta palabrería irrespetuosa y especulativa y señalando incuso con nombre propio a algunos periodistas que abusan de la imagen y el medio para crear desconcierto sobre la actual situación de la Iglesia, los motivos que tuvo Benedicto XVI para tomar su respetable decisión y dando un carácter similar al de las controversias politiqueras al Concilio en el cual habrá de nombrarse su sucesor.
Claro que es un suceso excepcional para el periodismo mundial, pero hay que guardar las proporciones y no tratarlo de la misma manera que hechos de otro orden, de menor cuantía y habitual ocurrencia. Como decía algunas vez un político colombiano, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. No hay que darse ínfulas ni pretender ser más papistas que el Papa.