Hemos vivido una semana caracterizada por los tiroteos en distintos sectores del sur de la Florida. Ya casi nos vamos acostumbrando, en medio del asombro, mientras caen bajo el efecto de las balas niños, mujeres y hombres de todas las edades y condiciones. Especialmente en nuestras barriadas, casi siempre tranquilas, serenas, bien habitadas, muchas familias han perdido a sus seres queridos en episodios que van desde la violencia doméstica, hasta los atracos, los robos, los asaltos no solo a residencias sino a negocios que han registrado pérdidas considerables. Vivimos en medio del sobresalto, del temor, porque nadie está exento de la acción criminal, de la reacción violenta, de la agresividad que se apodera aun de personas sin antecedentes que han observado buena conducta.
Y cuando auscultamos las causas, los motivos, nos encontramos con matrimonios descompuestos, con individuos con antecedentes delictivos, con desadaptados sociales, y aun con gente honesta que actúa desesperadamente presionada por la falta de empleo, la situación económica, la falta de un estatus migratorio, la imposibilidad de acceder a cuidados de salud, a correctivos para sus desviaciones. A veces pensamos que vivimos en el lugar menos indicado, aunque tantas otras cosas esplendorosas y gratas nos satisfacen y complacen. Pero la preocupación por la violencia persiste a toda hora y empaña nuestra calidad de vida. Lo que no es justo ni apropiado en una comunidad de mayorías sanas, productivas, que desean lo mejor para ellos, sus familias y el lugar en que habitan. Todo lo cual convoca a la acción solidaria de la ciudadanía honesta y la actuación contundente de las autoridades, a ver si podemos vivir en paz.