El desgreño político que vive Venezuela, no tiene antecedentes en ninguna democracia del mundo, que sepamos. Eso de estar engañando a la opinión pública por más de un año con una enfermedad del Presidente, al principio dudosa pero finalmente comprobada por comunicados de prensa mas no por médicos y fuera de las fronteras del país, es el primer absurdo. Pero los que han ocurrido después también son como para Ripley. El presidente sobrevive, regresa al país y es reelegido, pero al llegar el momento de la posesión, el Comandante Presidente no llega y sus secuaces más inmediatos, uno Maduro y otro Diosdado, dos nombres y personajes absurdos, disfrutan del poder y en aras de la lealtad a su jefe violan la constitución y hacen y deshacen de las leyes.
Mientras tanto nadie sabe cuál es la verdad de la salud de Chávez, si se podrá reponer, si podrá regresar para asumir el poder y si nada de ello ocurre, cuál será el siguiente absurdo. Ciertamente hoy nadie sabe cuál será el futuro de Venezuela, en manos por ahora de los dos hombres más cercanos pero al mismo tiempo más distantes del comandante, porque no se sabe cuál tiene más ansiedad de sucederlo, de tomarse el poder llevándose por delante al que se atreva a cruzarse en su camino. Pero hay un gran interrogante y es sobre la actitud que puedan asumir en un momento determinado los militares quienes tienen el poder de las armas y por tanto la última palabra en medio del desconcierto y el desorden jurídico y constitucional.
Por último, en medio de las especulaciones y las conjeturas, la oposición apenas si levanta su voz en la asamblea en la que son minoría pero es una voz que apagan los discursos insultantes, de barriada, de chusma, vulgares, que constantemente pronuncian los dos aspirantes al poder, Diosdado y Maduro. Futuro incierto el del pueblo venezolano en uno de los más absurdos episodios de la historia política de país alguno.