Tal vez como nunca antes, la elección de un Papa había conmovido más al mundo católico y no católico. El desarrollo tecnológico de los medios de comunicación de todas las tendencias e idiomas contribuyo a que el gran acontecimiento fuera magnificado por la opinión pública, como realmente lo merecía.
Ello condujo sin duda a la explosión de júbilo que suscito la exaltación al Papado de Monseñor Bergoglio, Arzobispo de Argentina, especialmente en nuestro continente, por ser –como dice usualmente el comentarista deportivo de Caracol Horacio Giofre, “uno de los nuestros”.
Es que además, era la primera vez que asistíamos a la elección de un Pontífice estando vivo su antecesor Benedicto XVI, hoy en uso de buen retiro con el título de Papa Benemérito. La aparición en la ventana del Vaticano de Francisco Primero fue apoteósica , por su altiva figura, su serenidad, su sencillez, su humildad, atributos que de inmediato se patentizaron, contradiciendo lo que habitualmente se piensa de los Argentinos y que desafortunadamente rubrico la Presidenta Cristina Fernandez de Kichner con un mensaje simplón, destemplado, falto de las emociones propias del país que tenía el privilegio de contar con un Pontífice.
Hoy se ha sabido que las relaciones entre su gobierno y el hasta ayer Arzobispo de su país, no han sido las mejores, como no lo son con la mayoría de los argentinos. Y ello seguramente se reflejara en las próximas elecciones. Lo real hoy, lo inesperado, lo que nos colma de orgullo y alegría es que tenemos por primera vez un Papa Latinoamericano. Dios lo guarde y lo proteja y que la Iglesia logre sobreponerse a las dificultades que quizá condujeron a la histórica renuncia de Benedicto XVI.