Ayer cumplí con mi derecho a votar y como siempre, experimente la satisfacción inmensa del deber cumplido, del poder de mi decisión puesto que ella contara definitivamente para elegir para presidente a quien mis convicciones señalan, pero también para escoger a senadores, representantes, jueces, magistrados, comisionados. Es un placer votar, sentirse ciudadano de verdad. Es un privilegio que solo nos brindan las democracias auténticas.
Votar sin presiones, sin amenazas, atendiendo solamente lo que nos dicta la conciencia, y conscientes de que estamos siendo parte de los destinos de la nación, que en nuestro caso de inmigrantes, nos acoge y nos otorga todas las garantías ciudadanas. Fui testigo al votar, del entusiasmo general, de la decisión de cumplir con esa obligación, de la ansiedad que existe. Tal vez como nunca antes se había registrado, porque la gente no quiere estar ausente en una decisión tan trascendental.
Las filas son larguísimas. Se tarda en llegar al precinto hasta una y dos horas. Pero el elector va tranquilo, pensativo y alegre, tomando su decisión. Confundido eso si con algunas reformas que se proponen a nivel de Condado y Estado. Porque son confusas, redactadas como para que la gente vote si cuando debe ser no y no cuando debe ser sí. Lo único criticable aunque no es nuevo, porque una falla en nuestro sistema electoral es precisamente la pésima y enredada redacción, tal vez con malas intenciones, con determinado propósito. Por lo demás, queda dicho.
La alegría de votar consientes de la altísima responsabilidad que ello significa, sobre todo cuando vemos la necesidad de que se marquen nuevos rumbos, que asuman nuevos líderes, que llegue por fin el cambio tantas veces prometido pero no cumplido. A votar amigos, que es más que un deber una inmensa satisfacción ciudadana.