El tema de la salud, de la practicas médica, de la atención a los enfermos, de los altísimos costos, de la mala práctica, en fin, toda esa serie de elementos que conforman el negocio de la salud, que es uno de los problemas más álgidos que tenemos en este país y seguramente en muchos otros, es motivo de permanente preocupación de los gobiernos, los políticos, los pacientes y los usufructuarios de esa industria, si así se le puede llamar. Los pacientes, los que por alguna circunstancia tenemos que acudir al sistema, somos testigos excepcionales de las mañas que se ponen en práctica para sacarle dinero a las compañías de seguros y a los sistemas Medicaid y Medicare, ordenando constantes visitas a los consultorios, repetidos y muchas veces inútiles exámenes, enviando a los pacientes de especialista en especialista, de laboratorio en laboratorio, en una cadena interminable que finalmente culmina en poca mejoría de la salud pero en muchas y muy costosas facturas.
Hoy nos alienta una información que habla de la ejecución de acuerdos para prestar un mejor, más adecuado y coordinado servicio, que no tenga el grado de explotación que hoy vivimos, que evite la duplicación de servicios y exámenes que a veces sin ton ni son nos obligan a hacer los facultativos que no son conscientes de la problemática que enfrentamos. Mejorar los servicios y recortar los gastos, pero sin poner en peligro la salud de los pacientes, debe primar en el modelo que se ha propuesto para complementar en buena parte la iniciativa conocida como reforma federal de la salud, que algunos llaman “Obamacare”. Ojala sea una realidad para bien de la salud del pueblo, para su bolsillo y para el mejor rendimiento de los seguros de salud.