Siempre nos ha parecido Rick Scott un gobernador distante, indescifrable, gobernando a su extraña manera, según su experiencia de millonario inversionista de éxito especialmente en organismos de salud. Y ni un minuto dejamos de pensar que su gobernación fue una “compra” del cargo, puesto que para conquistar la mayoría del voto invirtió cientos de millones de dólares de su propio bolsillo. Los que no tenía su contendor. Su estilo, su aspecto físico que nos hace pensar en un extraterrestre, contribuyen a que hoy día, cuando se empieza a hablar de la nueva elección de gobernador el próximo año, el pueblo diga en las encuestas en un 79% que no debería ser reelegido, mientras tan solo el 21% le da su aceptación. Lo malo es que no hay un candidato visible, de peso, más humano, más cercano a las necesidades e inquietudes del pueblo floridano.
Aunque se presume que el ex gobernador Charlie Crist, primero republicano, luego independiente y después demócrata, una verdadera veleta política, desea volver al Capitolio en Tallahasee y pasarle factura Scott y a sus detractores. Cuando de estos intríngulis se trata, es imposible no recordar la admirable administración del gobernador Jeb Bush. Volviendo al actual mandatario Scott, ha fallado en todo o mejor ha sido una figura extraña a todos los lineamientos de la política y de un funcionario que debe estar siempre atento a las necesidades del electorado que lo eligió y al que no voto por él.
Su flaca hoja de servicios ciertamente hace pensar que no contara con una reelección, aunque sus miles de millones de dólares, el poderoso Don Dinero –hay que reconocerlo- pueden volver a ayudarle a conseguir la rectoría de los destinos de nuestro Estado. Hay que estar muy atentos a este nuevo proceso político porque toca con nuestros intereses y el futuro del Estado del Sol que, con Scott es poco lo que ha brillado.